

Te dije mi debilidad y me prometiste nunca caer en ella. Besos intensos, grandes y pasionales siempre, todo el tiempo, en cualquier lugar a excepción de cuando estemos en la mesa familiar o cualquier sitio donde la gente esté al pendiente del rededor. Tu dijiste sí al instante. Hoy tengo los labios secos, arrugados y tus besos se acabaron como gotas del frasco aceitoso del alquimista tacaño con “dispensador/regulador”
De haber sabido que tus besos estaban contados, no los hubiera malgastado para calmar tus enojos, para festejar los rayos de sol inverosímiles (aúno las sombras) ni para hacerte callar cuando algo no me parecía, no no, los hubiera guardado para hacer el amor, porque después entendí que las cosas anteriores no representaban el cariño aunque fueron mi felicidad.